Menchu Et Madoz Ensemble

Extrañeza, Estrella de Diego

Lluvia de otros planetas. Habitaciones encendidas de rojo. El fotógrafo Chema Madoz y la poetisa Menchu Gutiérrez proponen una reflexión abstracta sobre el diseño, sobre las formas y los usos poéticos de los objetos. Es ése un juego de espejos de significados ambiguos y mutantes, en el que la imagen y la palabra se complementan y se significan sin argumento claro, como en los mejores relatos. La nitidez del verso y la sencilla caligrafía de la imagen revelan nuevas percepciones sobre los objetos y sus metáforas.

Una tarde, al despertarnos de un sueño breve, las cosas se hacen de pronto otras y una sensación difusa de extrañeza se apodera de nosotros, como si fuera la primera vez que viéramos los objetos, como si se hubieran transformado por completo a pesar de su aparente imperturbabilidad.

Pues no debe ser una transformación radical a la vista. Ni mucho menos. Debe ser un desplazamiento sutilísimo, inesperado; una mota de cambio, descubierta apenas por el ojo que ve más allá del ojo mismo. El que ve desde el cerebro sin mediar cristalino; el que avisa antes de ver como acto retiniano. Y alerta.

Ese día, al despertar del sueño fugitivo, sentimos un sobreco- gimiento antiguo y se nos viene a la memoria –qué bobería– la película de Maya Deren que vimos en Nueva York aquel verano de una lluvia tan fina y tan pletórica que llenó las calles; y empapó las alpargatas de esparto, poco apropiadas para una lluvia que parecía llegar desde otro planeta, tanta era y tan copiosa, tan mojadas las zapatillas, pesando tanto mientras se esquivaban –siempre en vano– los charcos.

Era una película protagonizada por Deren, sin argumento claro, como los mejores relatos, y en el folleto explicativo que entregaban en la sala experimental advertían que se trataba de una «obra maestra» –lo había dicho Jon Mekas, factotum del underground neoyorquino, en The Village Voice–. La mujer de la película también había sido víctima de un sueño tránsfuga, donde las cosas se habían desplazado, y al levantarse se enfrentaba con los objetos de lo moderno fuera de sitio. Su casa entera, su rostro, se habían deslizado. Y todo parecía seguir en el lugar de siempre –qué curioso–.

Era una película de 1943. Lo moderno estaba de estreno y cada fotograma dibujaba el presagio escurridizo de la capacidad de transformación que iban adquiriendo esos objetos de la con- temporaneidad, bajo cuya superficie se custodiaba una gama de significados ambiguos, mutantes, insospechados.

Bien visto, los objetos son raros. Apenas una nota de cambio, emboscada a los ojos, y la estructura se transforma y con ella el uso. Y la historia del objeto más tarde. Y el relato de los propietarios. Y el del mundo. Desde un puente a un monedero: los cambios alteran el relato completo de las cosas. Desplazar un milímetro el asa de la taza y la narración se escribe otra: el hombre, tras el café de media mañana, volvió a casa con la corbata limpia. Es el diseño de las formas y del mundo.

Esa tarde, al despertarnos de un sueño evasivo que en realidad no ha llegado a ser nunca porque soñábamos despiertos, las cosas, imperturbables, se han alterado en lo profundo. O se ha alterado la mirada mientras las mira. Aflora la esencia de lo que siempre han sido bajo la cáscara del uso. Como no las reconocemos de tan prístinas –pasa siempre con los orígenes– y de tan prístinas hemos olvidado cómo usarlas, tratamos de describir las cosas desde el comienzo para disipar la extrañeza.

Nos ponemos a describir cada objeto corriente como quien traza un mapa sobre el mundo, isla nombrada del Capitán Cook, empalizada de Robinson Crusoe, espejismo infinito al creer poseer los relatos y el territorio. Y cuanto más y con más precisión describimos los objetos –con circunloquios escritos o visuales–, más se escapan y se alejan de sus narrativas fundacionales.

Hay que dejar de describir. Los objetos exigen una distancia que, de tanta, termina por hablar de otra cosa, de lo opuesto, de lo simétrico, de lo asociado, de lo improbable. Por eso los objetos de la utilidad, descritos con la sintaxis al uso, son relatos imposibles que producen vértigo. Para contarlos, para hablar de ellos como esperan y exigen, hay que mirarlos desde lejos. Decir de lejos es decir de antiguo. Los objetos contados en su lenguaje interior, el que se muestra al levantarse tras un sueño breve, tienen algo de mundo pasado, de esas cosas minúsculas que en la sala de un museo –debe ser un museo modesto, sin muchas pretensiones, claro– se custodian prodigiosas en la vitrina, ojos del pretérito, e impregnan los significados a su alrededor de la infinita vulnerabilidad de lo extinguido. A esos objetos hay que mirarlos a la distancia que la ocasión exige, porque andan siempre escapándose y nadie sabe a ciencia cierta cuál debió ser su uso.

Luego el experto trata de inventar una historia con apariencia coherente para encontrarles un lugar en las salas. Escribe esa historia en las cartelas. Sirve de poco. La extrañeza permanece sobre los objetos indescifrables que debieron ser útiles y que ahora rezuman equívocos: el anterior propietario no está allí para referir la epopeya de la pertenencia.

Pero bastaría con tener aspiraciones más modestas y saberse de partida incapaz de describirlos. Bastaría con redactar una cartela vacía que reflejara, sencillamente, esa distancia que el tiempo impone sobre el mundo y las cosas y las transformaciones nunca radicales a la vista. Apenas desplazamientos sutilísimos e inesperados; una partícula de cambio, descubierta apenas por la vista. A ese encuentro prodigioso entre el objeto mágico y su historia vidente, el que se muestra en estas páginas, algunos lo llamarían poesía. También se podría nombrar como las exquisitas metáforas del diseño.


Llovió tanto que la descarga barrió la geografía y el paisaje. La lluvia llegó desde otro planeta, en platillos volantes, envasada. El jardín extranjero dibujó en nuestra arena las ondas de una risa diferente. Las ranas croaron en la orilla infinita del estanque, como un eco, multiplicando la risa en todas direcciones. El jardín se extendió por el planeta gracias a una clase de rocío que sólo la arena era capaz de comprender.

De niño le gustaba coleccionar objetos pequeños. Sentía predilección por los insectos que guardaba en cajas de cerillas. Huía del sol y de los espacios abiertos. Enseguida le atrajo la anatomía y se convirtió en maestro del bisturí. Antes de acabar sus estudios primarios era ya un consumado cirujano. Abandonó la medicina por la fotografía y el cine. Un día cerró con llave la puerta de su laboratorio. Es muy difícil saber en qué piensa o qué hace cuando sale de paseo y tarda días en volver.

El plato sopero humeaba sobre la mesa. Conté hasta diez y hundí en él la cuchara, que después llevé a los labios. Todo parecía en orden. Sin embargo, cuando me disponía a empujar la sopa por el último arco del paladar, hacia la garganta; en el mismo instante en el que tomaba impulso para tragar, sucedió un prodigio: en la sopa se irguió una presencia, un sabor encarnado. El ave que había sido sacrificada para dar sabor a aquel caldo, el ave que había sido desplumada, deshuesada y había hervido en él hasta desaparecer por completo, invirtió el camino de la disolución y comenzó a condensarse, a desandar el caldo, de regreso a la materia, hasta que, de pronto... se hizo carne. Así lo reconoció la cuchara al posarse sobre el mantel.

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Un ligero escalofrío recorrió la espalda del ángel.

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